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viernes, 10 de junio de 2011

EL METRO un sistema que nunca duerme


Blanca González

bgonzalez@cadena-capriles.com


Ingresar a los Patios y Talleres de Propatria del Metro de Caracas es como entrar en un mundo paralelo. Mil 400 técnicos se mueven como hormigas dentro del inmenso estacionamiento de trenes, en los que decenas de cuadrillas comienzan cada madrugada la limpieza y el mantenimiento del sistema de transporte capitalino.

La ciudad podrá estar en penumbras, pero allí, la noche es la gran oportunidad para que los trabajadores pongan a tono a los 42 trenes, unos 294 vagones, que transportan diariamente a 2 millones de usuarios, con un tiempo de espera en los andenes de 2,5 minutos.

La jornada, puertas abajo, comienza pasadas las 11 pm, cuando llegan los trenes disponibles para la Línea 1, los cuales son transportados hasta plataformas donde los revisan, limpian, mantienen, reparan y dejan listos para operarlos a partir de las 4 am.

Stéfano de Genaro, gerente general de Mantenimiento del Metro, explicó que el subterráneo incluye el equipo rodante, la vía férrea, el sistema de electrificación y trenes, el de control y el de comunicaciones, a los cuales se les somete a un chequeo preventivo todas las noches.



Pero no sólo los trenes son el centro de atracción en los Patios y Talleres, también cuadrillas de técnicos se alistan en camiones para ingresar a los 123 km del sistema, en los que auscultan los rieles con avanzados equipos de ultrasonido; mientras otros proceden a engrasarlos, cambiarlos si es necesario y probar los cambiavías de cada estación.

Por su parte, Eduardo Herrera, gerente general de Vías y Obras Civiles, precisó que ese proceso, realizado en 400 metros cada noche, lleva de tres a cuatro horas de minucioso trabajo.

Como hormigas, los técnicos del Metro entran, salen, revisan, reparan sin descanso y supervisan cada detalle de vías y vagones. Según De Genaro, los trenes salen listos y en perfecto estado a brindar el servicio; "es imposible que alguno se vaya sin vidrios o sin aire, como han denunciado", precisó.

Considera que han superado la crisis que a finales del año pasado llevó al sistema a colapsar varias veces. Acepta que necesitaban recursos, pero también argumenta que los aires acondicionados no se daban abasto en horas pico y que los usuarios causaban "y siguen causando" los retardos en el cierre de puertas, por lo que el sistema se retrasa.

El gerente de Mantenimiento agradece a la cuenta de Twitter @CaracasMetro el que los usuarios reporten las fallas: "Aunque no es nuestra cuenta oficial, tomamos nota y medidas para evitar que el tren reportado siga en servicio. Es una contraloría social que nos ayuda a mejorar".

Asimismo, observó que a veces algunos reportes son falsos, como cuando indican el número de un tren con fallas, que no salió ese día a prestar servicio, o cuando aseguran que "un grupo de liceístas revoltosos provocan arrollamientos en el sistema. Tenemos cámaras y eso no es verdad", aseguró.






Contraloría en Twitter

Carlos Gustavo Becerra, administrador de @CaracasMetro, cree que

el secreto de esa cuenta de Twitter es que "somos la única voz que tenemos los usuarios del sistema" y agrega: "Crecemos a diario porque trabajamos con objetividad, informando en tiempo real lo que pasa en el subterráneo". Precisa que le agrada saber que la alta gerencia, lee los reportes que a diario se publican, "es la contraloría social que hacemos los usuarios del principal transporte público de Caracas, con la finalidad de encontrar soluciones, y hacer propuestas como usuarios para mejorar el servicio, y sería ideal si lográramos unir esfuerzos con sus operadores y directiva para que la calidad sea óptima".

jueves, 24 de junio de 2010

La luz no brilla para todos







Blanca González/Fotos Miguel Acurero


Una ciudad llena de contrastes: así es Caracas de noche, metrópolis en la que las principales calles y avenidas se esmeran en mostrar su rostro más amable, pero cuando se va más allá de donde pasa la reina, la realidad es oscura, como una boca’e lobo.


Al recorrer las autopistas de la ciudad, no es una sorpresa observar algunos tramos sin luz, bien porque se quemaron los bombillos o porque se robaron los cables. Ya ése es cuento viejo y lo repiten los conductores casi de memoria.


Lo insólito es constatar que las zonas que mas necesitan alumbrado público, tienen los postes de adorno. “Nosotros somos quienes alumbramos la calle”, nos dice José Luis Moneró, dueño de un carrito de perrocalientes en la redoma de Petare: “Tenemos años en la misma situación. Ponen cuatro bombillos y al día siguiente se queman. La luz que ves, nos dice mostrándonos el medidor y la factura de la Electricidad de Caracas, la pagamos nosotros. No nos robamos nada”.





Y es que la luz no brilla para todos. Paradójicamente, las zonas de menores recursos suman a su largo rosario de penas, una oscuridad que ahuyenta al más pintao.


Como en el caso de El Valle y la Panamericana, donde en medio del rebullicio nocturno, justo a la hora en que regresan a sus hogares los habitantes de esas parroquias, impera una negrura sólo superada por los faros de los carros que por allí transitan.


De hecho, cada casa y/o edificio puso su propio farol para contrarrestar la oscurana; así como los escasos vendedores informales, quienes tiran un cable desde cualquier vivienda para darle luminosidad a su puesto de trabajo.


Obviamente, la inseguridad se ha incrementado en estas parroquias, cuyos habitantes ya casi están resignados a vivir en la penumbra, “aquí, después de las siete de la noche nos atracan y violan a las mujeres”, nos dice el dirigente social Alexis García, quien aguarda afuera de su casa a una amiga que va a visitarlo.


Más adelante, en la Panamericana, la situación no es diferente. Las casas iluminan las calles y la penumbra lo envuelve todo; si los carros que circulan apagaran sus luces, todo quedaría como boca’e lobo.


En San Bernardino se repite la historia, pese a que allí está la sede de la EDC. Las principales calles están alumbradas, pero las transversales viven en la penumbra.


La angustiante oscuridad solo puede verse, vivirse y sufrirse en las zonas más humildes de la ciudad, porque al parecer, la luz no brilla para todos por igual.