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sábado, 29 de mayo de 2010

La calle es un bar




Blanca González/Fotos Miguel Acurero
bgonzalez@cadena-capriles.com

Tun, tun, tun… las cornetas retumban en las calles y avenidas repletas de carros y motos, donde los panas improvisan su propio sarao los viernes en la noche.

Compartir con los amigos es la premisa. ¿Dónde? En cualquier parte. Total, “estamos dos horas aquí y nos vamos pa’la playa”. Un predespacho pues, para luego lanzarse a la aventura de bailar reguetón, merenguito, salsa o tecno ¡hasta que el cuerpo aguante! Las bebidas espirituosas no pueden faltar, y para ello, una vaca es la mejor opción. “¿Una disco? ¡Tas loca! Es buuurda de caro”.

No es cuento: ¡la calle es un bar! De punta a punta de la ciudad, los viernes en la noche la gente resuelve cómo divertirse. Desde los chamos hasta los de la juventud prolongada montan su propio escenario. Eso sí, no falta la música, el baile, la cava repleta y hay hasta quienes se llevan su parrillera para comer su carnita.

No hay contraste entre un punto y otro de la ciudad, la única diferencia es que en el Este son difíciles de encontrar y prefieren amenizar su reunión con licores blancos y cervezas; mientras que en el Oeste, además de la espumosa, pulula el escocés de entre 12 y 18 años.


Recorrido. Diez de la noche. Av. Principal de San Martín. Ya no hay colas, y mientras la ciudad se esconde bajo las penumbras, cientos de personas permanecen en las calles para armar una rumbita con los amigos y ¡sin miedo a ser atacados por el hampa!

Jóvenes, mujeres, niños… es una multitud que baila, ríe y conversa. A su lado, los vehículos con las maletas abiertas compiten en sonido a ritmo de reguetón. Elegir a quién abordar no es tarea fácil ante tan variopintos grupos; no obstante, cuando advierten la presencia de un extraño, todos dan la cara.

“¿Que cómo nos divertimos? ¡Así, en la calle! Ya los tiempos de irse a bailar a una discoteca pasaron. De esta manera es más barato y pueden participar todos los panas”, nos ataja Pedro Blanco.

Y es que al parecer la calle es buena para todo, desde conversar, bailar y hasta celebrar un cumpleaños. “¿Y el hampa? Nadie se mete con nosotros porque somos de la zona y nos conocen”, dice Blanco.

Seguimos rodando y nos encontramos con la propia rumba ambulante. “Estamos aquí por primera vez. Somos gente sana, cero drogas… campaneamos un güisquicito y… ¿bailamos ésta?”, nos sorprende Anthony Durán.

Después de movernos al ritmo de Los Cadillac’s y Wisin & Yandel, decidimos proseguir el recorrido, esta vez hacia el este de la ciudad. Fue difícil, pero no imposible, hallar los “point” (puntos de encuentro) de ese lado de Caracas.

“De vez en cuando nos molesta la policía, pero nos revisan y saben que no consumimos drogas. Ya nos conocen”, nos dice Raúl Yépez.

Son distintas caras e historias, amparadas bajo el manto de las estrellas en una ciudad en la cual, en cuanto cae la noche, ¡se prende la rumba! y la calle se convierte en un bar.

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